¡Qué alivio!

¡Qué alivio!

¿Hace cuánto que no abres el buzón? Si eres mujer y tienes más de 55 años, te recomiendo que no lo hagas.

Sí, ya sé que queda poquito para las elecciones y que estarás deseando recibir la tarjeta censal. Y que, aunque la letra es minúscula y no queda más remedio que ponerse las gafas de presbicia o hacerle una foto para saber en qué mesa vas a votar, es una ayuda imprescindible para desenvolverte con cierta dignidad en el galimatías de los colegios electorales. Así que entiendo que quieras quitar las telarañas de esa caja viejuna que te da la bienvenida cada día cuando entras en tu edificio.

Pero lo te lo advierto, si ya estás en la cincuentena y eres mujer, no te va a gustar nada la cartita que te espera. Y no, no es una proposición inapropiada ni el careto del de Vox asomando sin tu consentimiento por la puerta…

En fin. Te lo voy a contar tal cual me pasó, y luego ya tú decides si quieres abrir la caja de los truenos.

A saber: mi marío está esperando que le lleguen unas cajas estupendas que en nada contendrán delicias navideñas elaboradas por él mismo; pero como andamos los dos un poco callejeros, me pidió que echara un vistazo en el buzón por si había llegado el aviso. Y aunque no estoy muy por la labor porque temo que, esta vez sí, me citen para ser miembro de la mesa electoral, finalmente rescaté la llave y allá que me fui escaleras abajo.

Las subí entre risas y le dije: «mira quién me escribió», mientras blandía una carta en la que Ausonia me anunciaba que tenía un regalo para mí. Y añadí: «estos no se han enterado de que ya no tengo la regla». Más risas, y mi marío, como quien no quiere la cosa, decidió abrir «mi» correspondencia… Bueno, yo hubiera hecho lo mismo, lo confieso.

Me imaginaba una compresa ultramegaligera con alas y sabor a mandarina saliendo del sobre cual conejo de la chistera. Y ya estaba yo elucubrando qué iba a hacer con ella cuando descubrimos el pastel: el regalito de marras es, nada más y nada menos, ¡un vale para un paquete de compresas para pérdidas de orina, «válido para cualquier absorción»! En este punto las risas cambiaron de tono, más agudo, con cierta tendencia a convertirse en un grito o en un diálogo con el chat de Ausonia para decirle a la IA de turno de todo menos bonita.

Menos mal que ando un poco en modo zen, por eso de neutralizar la crispación general de este tiempo loco que nos está tocando vivir; y que junto a la carta regalo sorpresa de esa empresa que tanto piensa en mi economía y en bienestar había dos facturas de las de toda la vida, la de la luz y la del agua, que me anunciaban que de consumo, como en los asuntos de las pérdidas propias de mi edad, voy bien, gracias. ¡Qué alivio!

(Mi marío, el que pone música a mis palabras, sí que me mira bien).

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Desenfocada
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